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Como no hablo más que mi propio idioma, nadie podrá comunicarse conmigo… Tendría que volver a contemplar, confundidos con los programas idiotas que se embobaliconan en las esquinas intelectuales de las ciudades civilizadas, mis sensaciones, desbordadas con la tinta dolorosa  de mi vida.

Para asirme más a la absurda realidad de mi ensueño, volvía a verla de vez en cuando. El azar nos bajó de un viaje arbitrario y nos acercó sin presentaciones, sin antecedentes; era, pues, inevitable y hasta indispensable que siguiésemos juntos. Además, la casi furtiva amistad que enhebramos, me había hecho creer que estaba enamorado de ella…

El sueño comenzaba a desligarme. Sentí cansancio. Su languidescencia doblada sobre mis brazos con la intimidad  de un abrigo, se había dormido…

Era natural. Seis días de viaje incómodo, la hacían perder su timidez.

No era por nada… El cansancio también la desligaba a ella de todas sus ligaduras.

Pensé… Ella podría ser un estorbo para mi vida errátil. Para mis precarios recursos. Lo mejor era dejarla allí, dormida. Huir…

De pronto me acordé del calendario amarillento de mi niñez sin domingos.

Del alba atrasada de mi juventud, de mi soledad.

Acaso ella, era ELLA…

Y me eché a andar yo solo. Hacia el lado opuesto de su mirada…

La señorita Etcétera

Texto al cuidado 
de Gustavo Jiménez Aguirre 
y Guadalupe Martínez Gil

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