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Imaginó a un narrador sentado en un escuálido cafetucho de Roma lanzado a la reconquista de algunos espacios donde transcurrió su niñez. Un escritor que a su vez imagina a un niño, a su familia, vecinos y amigos, y describe el momento en que por primera vez conoce el mal, o, mejor dicho, el momento en que descubrió su propia flaqueza, su carencia de resistencia al mal. […] En cierta forma se trataría de una investigación sobre los mecanismos de la memoria: sus pliegues, sus atolladeros, sus prodigios. El protagonista tendría su edad. Muy niño, a la muerte de su abuelo, un ingeniero agrónomo, la familia se había dividido; una hermana de su padre, casada con el licenciado de la empresa, se había quedado a vivir en el ingenio. Sus padres y su abuela se habían instalado en México. Todos los años pasaban juntos allí las Navidades. Él y su hermana llegaban con la abuela mucho antes y pasaban con sus tíos las vacaciones completas. Los primeros recuerdos del lugar eran muy confusos. De eso se trataba, de esbozar con la imprecisión de una mente infantil una historia donde el narrador quería ser testigo y a la vez se sabía cómplice.

Cementerio de tordos

Texto al cuidado
de Américo Luna Rosales
y Guadalupe Martínez Gil

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