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La playa parecía enorme, por sola. La silla del guardavidas, alta como la de un gigante, no tenía nadie sentado en ella. Detrás estaban los vestidores, abiertos unos y otros cerrados; adentro no había nadie y de vez en cuando sonaban sus puertas con golpes secos. A alguna distancia, un par de tipos que parecían pescadores volvían a ponerse sus ropas viejas sobre los cuerpos mojados. Y era todo. Dos pelícanos flotaban confiadamente cerca de la orilla. Algunas gaviotas, mar adentro.

Aristeo corría, por calentarse, e Isabel lo veía empequeñecerse en la playa solitaria. Ella, en la silla de tijeras, continuaba su bordado. Aquel mar le gustaba, pero la ponía triste. Sentía ganas de musitar algo otoñal y marchito, como algunos versos que trataba de recordar: “espera la caída de las hojas”, o bien “... juventud, divino tesoro”. Pero no era eso, no era el otoño, era el norte, y más que un viento parecía un estado de ánimo. “Nostalgia”, “lejos”, “horizonte”, eran palabras que iban y venían sin conexión aparente, sugeridas por el mar plomizo y el cielo encapotado.

El norte

Texto al cuidado
de Américo Luna Rosales
y Guadalupe Martínez Gil

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