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La lluvia resbalaba sin ruido sobre los cristales de la ventana, dibujando y borrando formas sin sentido en los vidrios y más allá, las brillantes hojas de los truenos parecían sacudírsela sorprendidas, como si los árboles fuesen enormes y perezosos animales que se levantaran de pronto, inquietos y molestos al sentir su piel mojada. Tal vez hacía frío en el cuarto; pero Nicole esperaba a gusto; tendida sobre la estrecha cama, gozando de su no hacer nada, aunque José no podía tardar mucho y tendría hambre, como de costumbre. En la pared contraria, la cama igualmente estrecha de él hacía esquina con la suya, uniendo las dos cabeceras de manera que, juntas, las camas formaban una especie de simétrica Ele. Algunas noches, Nicole despertaba de pronto y sin moverse, se dejaba sentir la callada separación del cuerpo de José dormido allí, en su cama, perpendicularmente al suyo, hasta que la vida de ese cuerpo flotaba con una rara dulzura sobre toda la oscuridad del cuarto. Ése era el amor, grande y silencioso, incierto y cálido como la suavidad de la lana de la manta en la que ella se arrebujaba entonces; pero quizás sólo era el amor porque lo había sido y ahora ellos vivían de la misma manera que sus dos ascéticas camas, sin ninguna molicie, unidos en un solo punto, perpendiculares el uno al otro.

Unión

Texto al cuidado
de Américo Luna Rosales
y Guadalupe Martínez Gil

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