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Florinda en persona le abrió la puerta, cubierta con un ligero y largo chal que le caía desde los hombros y caminando con gran cuidado para no clavar los tacones de sus escotadas zapatillas negras en el lodo y otras menudencias que abundaban en el patio de los López, pues allí guardaban conejos, gallinas y hasta un puerco.

Lo guió de la mano hasta pasar la puerta que llevaba al jardín; allí, bajo un naranjo que empezaba a florecer, lo besó ardientemente en los labios.

Luego llegaron a la habitación de Florinda, donde ésta dejó caer el chal al suelo para mostrarse ante Ernesto con una bata negra y transparente que había confeccionado con sus propias manos en los ratos que la dejaban libre las labores de las caridades.

La bata dejaba ver todo, pero no por eso tenía el escote menos bajo de adelante ni el cuello menos alto de atrás, ni Florinda se había colocado sin enseñar una rodilla blanca y redonda que la traicionaba como mala rezadora.

Ernesto la observaba como siempre lo había hecho: con más curiosidad que afecto, con más interés de investigador que arrobamiento de enamorado. Pero estaba hermosa, pensó. Había no sé qué de candidez en su exhibicionismo y no sé qué motivo que no era el muy sencillo de agradar al amante.

La Plaza de puerto Santo

Texto al cuidado
de Guadalupe Martínez Gil

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