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Ya están sentados los reos en las gradas que corona la cruz verde de la Inquisición. Los unos llevan sambenitos aspados, los otros con llamas y diablos, la coroza es de lo mismo y llevan atada al cuello una soga con tantos nudos como azotes deban sufrir, todos portan una vela verde encendida, en la mano.

Hay mujeres viejas de cabeza desgreñada, nariz de pajarraco y catadura de celestinas, las hay jóvenes y lozanas, de palidez mate y ojos agrandados por el terror, las hay casi niñas envejecidas prematuramente en los rincones de la secreta. Los hombres son, asimismo, de diferentes edades y condiciones: viejos judíos de ojos pequeños y rapaces, mocetones robustos e insolentes. Ahí un infeliz pasea su mirada imbécil por los ámbitos del tablado, allá otro reta a las muchedumbres agolpadas en las azoteas y balcones de las casas vecinas. Este no confesó presto y ha perdido el movimiento de un brazo en el potro, aquel prorrumpe en aullidos y atroces blasfemias y ha sido menester amordazarle; una bruja negra sonríe desvergonzadamente mostrando una ringlera de dientes blancos; una morena, con cálida sangre moruna en las venas yergue, bajo la tela tosca y amarillenta del sambenito dos pechos duros, de pezón que pugna por mostrarse fuera.

Sor Adoración del Divino Verbo

Texto al cuidado
de Verónica Hernández Landa Valencia
y Guadalupe Martínez Gil

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