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Y el atildado licenciado siguió diciendo… Pero para no fatigar a la República eludo repetir lo que el atildado licenciado siguió diciendo, porque, como si el coronel Buelna y yo fuésemos la República, el atildado licenciado nos habló en el mismo tono en que desde hace muchos años vienen hablando a la República sus más desinteresados redentores; en el mismo tono en que han aprendido a dirigirse a la República los jóvenes precoces que en 1910 lactaban todavía pero que no obstante hicieron, cantando, la Revolución; con el mismo tono muy hombre que hablan los ex “dorados” de Pancho Villa que ignoran que los “dorados” de Pancho Villa se acabaron en la carga épica de Otates; en el mismo tono en que hablan todos los pintorescos pergeñadores de films y anécdotas de la Revolución que tanto prestigian a la República;  en el mismo tono profundamente generoso en que hablan siempre los traficantes, y al fin, el atildado licenciado, como los toros de bandera, remató valerosamente en las tablas:

Se impone pues una mejor distribución de la riqueza y para ello es preciso que se realice cuanto antes en nuestra patria la primera etapa del marxismo integral, es preciso que la riqueza hoy dispersa del Capitalismo, se concentre en unas cuantas manos para que esas cuantas manos, a su tiempo, la distribuyan mejor y más equitativamente, y, ¿Por qué no han de ser las nuestras esas cuantas manos…?

El corsario beige

Texto al cuidado
de Gabriel Enríquez Hernández 
y Guadalupe Martínez Gil

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