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Los borrachos las esperaron contritos, apuntalados por un olor rancio y caliente, dispuestos a defenderse de la manera más digna que les fuera posible. Pero la Muda abrió los brazos y mostró las manos vacías en demostración de paz. La Señora de la Fuente colocó el garrote de guayabo a su espalda en aval del gesto de buena voluntad. Los borrachos las dejaron aproximarse sin romper su línea de combate e hicieron plena ostentación de las piedras aprovisionadas para la defensa. Mas cuando las intrusas estuvieron a tiro, la Muda comenzó a hacer aspavientos de pájaro a manera de introducción a las negociaciones.

̶ Necesitamos un pájaro colorado  ̶ confirmó la Señora de la Fuente.

Los borrachos se miraron a las caras y comenzaron a reír. Uno de ellos se llevó violentamente las manos a la entrepierna y atrapó entusiasmado el suyo. Lo sopesó con  parsimonia para ver si era del agrado de las solicitantes. Todos carcajearon la broma; pero los regordetes brazos de la Muda en pleno vuelo, y la subsecuente caricia sobre los faldones del vestido colorado, les hicieron saber que no se trataba de una táctica de distracción para quebrantar su precaria línea de defensa. Pero ni las razones ni las consecuencias les interesaban tanto como lo que pudieran obtener por ellas.

La Señora de la Fuente

Texto al cuidado
de Luis Juan Carlos Argüelles Lona
y Guadalupe Martínez Gil

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