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Uno deliberadamente razona y se devana los sesos y jamás en la vida llegará a aclarar debidamente por qué se escribe. Quiero decir, por qué escribe uno. Frente a las páginas dispuestas —tantas, tantísimas horas—, al iniciar un nuevo trabajo, viene a uno de repente la inquietante y quejumbrosa pregunta:

—Está bien, ¿y para qué?

Y con una sola línea entre las cejas, con las puntas de los pitillos en dos hileras, pónese uno a estrujarse el corazón y la cabeza buceando en la horrenda vida de los hombres.

Son los momentos diurnos o nocturnos, pero implacables, en que el viento nos arrebata las páginas, yergue en alto las colillas ateridas y forma con todos estos elementos, bajo un cielo mortal o inmortal —¡qué importa!— la somnolienta callejuela de polvo donde no se ve a nadie: ni a un perro, ni a un hombre, ni a un triste pájaro en el espacio.

La puerta en el muro

Texto al cuidado
de Américo Luna Rosales
y Guadalupe Martínez Gil

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