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Entró corriendo a la casa, ruidoso, alborotado, a punto de estallar, y lo oímos y sentimos antes de que empezara a dar los gritos horrendos que todos conocimos tanto y que él jamás repetiría. Entró como un niño, salvaje, alterado, sin respetar lo que todos llamaríamos el sabio ritmo encerrado entre los muros, sin detenerse, como si la casa fuera un trecho más de su loca carrera, sin poder contener la excitación que le causaba traer consigo eso, y en cuanto empezó a gritar, a berrear, todos, todos corrimos a su presencia. ¿Qué gritaba? ¿Gritaba “vengan”?, ¿gritaba “se me cae si no se apuran”?, o “¿corran a ver lo que les traje?” No puedo recordar qué palabras dijo porque en aquella ocasión no pude escucharlas; opacadas por el vértigo que lo envolvía eran, más que palabras, cabras salvajes o garras feroces o pezuñas horrorizadas en una gran carrera. ¡Y el tono!, ¡el tono en que las decía! Todavía ahora, después de tantos años, creo sentir el mismo tono en momentos terribles, cuando siento que, por un berrinche, el universo parece dispuesto a venirse abajo.

Mejor desaparece

Texto al cuidado
de Gustavo Jiménez Aguirre
y Guadalupe Martínez Gil

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