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Con el sombrero en alguna de las perchas de la oficina de mi adscripción, los ojos bajos, el oído enhiesto, afilado y sin párpados, los zapatos ya más en el otro barrio que todavía en éste, los codos entreabiertos; mas sin hablar, ni por ellos ni por ninguna parte; en cuanto fui llamado, desplegué el telegrama de que se ha hecho mención, y aguardé.

El excelentísimo Señor volvió hacia mí sus ojos, dio orden de despejar la sala, que no quedara nadie, descolgó las cortinas, desplegó un volumen impresionantemente grueso, amarillento y grande; se sentó ante éste en el sillón de honor de su escritorio, y entrecerró los ojos hundidos en pensamientos. Luego ensartó con su mirada el techo, y como si hablara en nombre de las vigas, empezó a decir que sí con movimientos de cabeza. Finalmente, en un tiempo en que yo ya había empezado a divertirme y a contar las bolitas de una de las filas de bolitas que marchaban al sesgo en su corbata, despegó los labios —¿seguirían aceptando las vigas su mirada?

—Va usted —murmuró— a llevar, a toda prisa y dentro del mayor secreto, este paquete a cuatro personas cuyo nombre y dirección no me es dado revelar.

Cerrazón sobre Nicomaco

Texto al cuidado
de Gabriel Enríquez Hernández
y Guadalupe Martínez Gil

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