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Un día llega al Charco un hombre cubierto de polvo, y se sienta en los escalones del portal.

Adormecido el viejo lo observa; al cabo de un rato se espanta las moscas de la barba y dice: —Quihubo tú.
El hombre salió hace siete años de aquí. Nunca en siete años se supo de él.
Y así se están, el viejo dormitando, el hombre limpiándose morosamente el sudor.
—Tás igual —dice el viejo después de varios minutos.
—Aquí todo igual —insiste el viejo media hora después, y mucho después se levanta, se estira, patea un poco el piso y vuelve a sentarse y consigue un diálogo lleno de silencio, de frases cortas y en los huesos, como si a los dos les costara mucho esfuerzo hablar.
—Ahora esto es de La Alazana —dice el viejo—. ¿Conociste a La Alazana?
El hombre mueve la cabeza.
—Creí que la habías conocido —dice el viejo.
—¿Y Esperia? —pregunta el hombre.
—Ái la tienen. ¿Quieres verla?
El hombre no contesta. Fuma. Se llama Eleazar.


La casa que arde de noche

Texto al cuidado
de Gabriel Enríquez Hernández
y Guadalupe Martínez Gil

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