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El aire ocioso y vacío de Villacruz está lleno de campanas. El campanario, locuaz, se prodiga. Y el aire reverente y vacío se encarga de llevar sobre la mano tendida el sonoro don de las campanas, ebrias del celeste vino. A todas partes llega la merced intacta, todavía brillante en vibración, tibia elástica garganta del metal.

El aire, en leve ráfaga, distribuye la voz del campanario. Magna equidad. Y tan generoso es, delgado viento, que adentra su piadosa sonaja hasta los lugares en que el sol, con ser tan bueno, no se aventura: en las casas vacías, en las bodegas, en los aljibes… en los ojos de los ciegos.


La rueca de aire

Texto al cuidado
de Gabriel Enríquez Hernández
y Guadalupe Martínez Gil

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