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—Tú has pensado en cosas trascendentales hoy, Elena, y eso no está bien, te envejece.

Un día supo, así, que había llorado. Se azoró; si tomaba la costumbre... Porque el llanto, Ernesto lo sabía, no es una cosa natural, sino un arte, de aprendizaje más o menos laborioso, pero ineludible. Dicen de algunos que nacen llorando, pero Ernesto no lo creía; era improbable, a no suponer cierto entrenamiento uterino, dirigido de peregrina manera por esas madres muy sentimentales, muy sentimentales, de Corazón de Amicis en vez de órgano cardíaco. Fue entonces, también, cuando conoció él el tiempo que tardaban las lágrimas en llenar sus pupilas y, como a pesar de sus discursos pedantes lloró con ella, la mayor velocidad de sus propias lágrimas.

¿Por qué no le extraña verla junto a él? Ernesto acaba de nacer, sin hipérbole, ante sus ojos, pero también ella nace ahora, con todo el universo, para él. Y le parece que han crecido paralelamente, por floración espontánea, como esas plantas de los países tropicales que les enseñaban en la escuela.

Desfallece, fatigado de la atención sostenida, del nacimiento súbito de toda su memoria. Cierra los ojos, que sólo ha tenido abiertos un instante, y regresa al sueño, muy hijo pródigo.

Novela como nube

Texto al cuidado 
de Américo Luna Rosales 
y Guadalupe Martínez Gil

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