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Cuando miro hacia mi infancia, siempre encuentro su figura corpulenta, esperando en el corredor de la casa, para marcharnos al río, de pesca. Por eso, muchas veces me ha tentado el deseo de anotar mis recuerdos sobre el tránsito de Jack, por las tierras del Istmo.

Tendría que referirme, primero, al lugar donde vivimos juntos. ¿Pero qué podré decir de ese pueblo, igual a todos los pueblos, parecido a todas las estaciones por donde pasa el ferrocarril del Istmo? Viejo, lento y polvoso ferrocarril: al verlo, nadie sabe si llegará a su destino o si desarticulará su gastado mecanismo, para tenderse definitivamente en el campo.

Al pueblo lo rodeaba el campo. Muy cerca, en la margen opuesta del río, esas manchas de arbustos grises, que brotan de la tierra reseca. Después, los grandes sembrados de plátano de la Istmo Fruit Company, avanzando su lienzo verde hasta el horizonte. Salía el sol, se ocultaba el sol, en esas enormes extensiones frutales […]

Si los encargados de la Istmo Fruit Company lo hubieran querido como yo, posiblemente nuestra vida continuaría su curso normal, como el Coatzacoalcos, que sigue arrastrando, alegre, su enorme caudal de agua clara. Pero no fue así.

Jack

Texto al cuidado 
de Gustavo Jiménez Aguirre 
y Guadalupe Martínez

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