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Decididamente me equivoco. Susana no es tan diferente de Aurora. Como en la cabeza de Susana hay una mata de pelo de un color más claro, en la de Aurora se esconden o se muestran bandós de pelo más oscuro. Así Susana en Aurora, así Aurora en Susana.

Por momentos puedo confundirlas como ellas confunden sus manos, entrelazándolas; como ellas confunden sus voces cuando cantan frente al piano que Mme. Girard apenas roza, como si en la habitación contigua hubiese algún enfermo a quien el ruido pudiera hacer daño.

¿Por qué mis ojos las diferencian al grado de hacer de ellas heroínas rivales de un novelista cualquiera?

Ahora se sobreponen en mi memoria como dos películas destinadas a formar una sola fotografía. Diversas, parecen estar unidas por un mismo cuerpo.

Dama de corazones

Texto al cuidado
de Gabriel Enríquez Hernández 
y Guadalupe Martínez Gil

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