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Bajo un sol rubio todavía que hace diamantes, rubíes y esmeraldas de los vidrios de un basurero, hay un manchón leonado de negro y blanco, que ora se extiende, ora se concreta. Son seis, siete, ocho, nue­ve con el acólito pinto, tonto y entrometido. Ella gira sobre sí en el centro y tiene el espanto de su fugaz majestad amenazada. Y algo más. Por decirlo así, ha perdido los estribos. De pronto dos gritos penetran­tes, de rabia uno, de dolor el otro; confusión de ore­jas, hocicos, patas, colas, y la mancha se desmorona. Entonces reorganízase solemne y premiosa la procesión a media calle; lenguas rojas pendientes, de ritmo apresurado, ojos consumiéndose en un problema de tri­gonometría y colas en rígidas interrogaciones. Esponsales y combates.

Pero los ojos de Altagracia vagan por las ondulaciones acuminadas de la lona gris de una carpa, el gigantesco aro de hierro de la Ola Giratoria, la torrecilla de ladrillos achinados de una iglesia absurda. Absurdos también los graves postes y festones de la electricidad. Pasan a lo largo de una calle sobre un caserío mezquino que va empequeñeciéndose hasta lamer el polvo, hasta fundirse en la línea verde gris de la falda de los cerros y allá muy cerca de un cielo como ojo con catarata.

Cosa extraña: parece que ha adquirido un sentido nuevo en los seis años de ausencia. No un sentimiento, simplemente una constancia de algo insospechado; lo inarmónico, lo asimétrico, lo deforme, lo feo.

La anarquía de la línea y del plano en casetas, barracas y puestos arrojados al azar. Anarquía del color incoloro. Hormiguero de rostros hoscos y can­sados, párpados de bayeta, piernas sopladas, cachu­chas, un tejano sarnoso, toallas y suéteres imposibles. Harapos que van y vienen en la impasibilidad sublime de la inconciencia. Fraternalmente de la mano la mal­dad y la imbecilidad que se ignoran.

La Malhora

Texto al cuidado 
de Luis Juan Carlos Argüelles Lona y Guadalupe Martínez Gil

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