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Pardea la tarde. Por la meseta desierta y pedregosa, el cordón de campesinos astrosos, macilentos, con la ropa de manta hecha girones. Las soldaderas atrás, caminando casi automáticamente. Los rostros inmutables que ya no expresan ni emoción ni ansia.

Simón, una vez más, recordó la extraña visión de su sueño. De idéntica manera iban caminando aquellas sombras enigmáticas… ¿A dónde irían? ¿En qué iba a parar tanta matanza? Y por más que se torturaba el cerebro, la respuesta no surgía por ningún lado.

Primero descendieron por una cuesta empinada. Grandes peñascos grises y porosos ponían su nota lúgubre, desoladora, en la tristeza del paisaje. Luego, un extenso valle rodeado de montañas teñidas de un morado opaco, vago, triste, cuyos contornos casi se confundían con el color ambiguo del cielo. Después, una extensa polvareda hacia el poniente.

Los fusilados

Texto al cuidado
de Esther Martínez Luna 
y Guadalupe Martínez Gil

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